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Westmalle Tripel: la madre de todas las tripels

Por Juan Antonio

Westmalle Tripel: la madre de todas las tripels

Ficha de cata

Intensidad

Intensa
Zona / región
Malle, Amberes, Flandes
Estilo
Ale
Productor
Brouwerij der Trappisten van Westmalle
Estilo
Tripel belga de abadía trapense (BJCP 26C)
Graduación
9,5 % vol.
Densidad
20 grados Plato
Amargor
38 EBU
Color
11 EBC, dorado
Lúpulo
Seis variedades europeas, en flor
Fermentación
Alta, con refermentación en botella
Tratamiento
Sin pasteurizar
Temperatura de servicio
Entre 10 y 14 °C según las fichas de distribuidores, que discrepan entre sí. No conviene servirla muy fría
Formatos
33 cl, 75 cl y 3 litros
Precio en España
3,30-3,70 € la botella de 33 cl (consultado en octubre de 2026)
Dónde encontrarla
Tiendas especializadas online: Belgas Online, Beer Kupela, Escerveza, Mundo de Cervezas y OKasional Beer. No verificada en gran distribución
Sello trapense
Elaborada en la abadía, supervisada por los monjes y con los beneficios destinados a la comunidad, la abadía, la orden y la caridad
Origen
Abadía trapense desde 1836; la Tripel nace en 1934

Notas de cata

Vista

Dorado amarillento limpio, casi brillante, con una espuma densa y adherente que se agarra a la pared de la copa.

Aroma

Afrutado, con el plátano maduro por delante y la pera detrás, sobre una nariz de lúpulo matizada y un fondo especiado de pimienta blanca y clavo.

Boca

Entrada suave y cremosa, con la fruta equilibrando un amargor bien presente, y un final seco notablemente largo que esconde por completo los nueve grados y medio.

Marida con

Los propios monjes de Westmalle elaboran un queso de abadía, y ahí hay un maridaje con una lógica difícil de mejorar: el de doce semanas de curación, que la abadía describe como sabroso sin resultar salado, se encuentra con el final seco de la Tripel y ninguno de los dos cede. Fuera de la abadía, esta cerveza es excelente con unos mejillones al vapor con apio, porque la burbuja y el amargor levantan el caldo, y se defiende muy bien con un pollo asado al horno con mantequilla. Y evita la tentación del postre dulce: con nueve grados y medio y un final seco, el azúcar la vuelve alcohólica de golpe.

Nació en 1934 y le dio nombre a un estilo entero. Nueve grados y medio que no pesan, con el plátano maduro de la levadura trapense y un final seco interminable.

A esta cerveza la llaman la madre de todas las tripels, y el apodo no es publicidad: el estilo se construyó alrededor de ella. La abadía de Westmalle es trapense desde abril de 1836 y elaboró su primera tanda en diciembre de ese mismo año, al principio solo para la comunidad. Empezó a venderla en la puerta en 1856 y a través de comerciantes desde 1921. La Tripel, tal como se conoce hoy, nació en 1934, cuando la nueva sala de cocción permitió multiplicar la carga de ingredientes, que es de donde viene la idea de triple.

Conviene saber qué significa el sello trapense, porque se confunde a menudo con un reclamo comercial. Son tres condiciones: que la cerveza se elabore dentro de los muros de la abadía, que la producción y la política comercial estén bajo la supervisión de los monjes, y que los beneficios se destinen a la comunidad, a reinvertir en la propia abadía, a la orden y a obras de caridad. No describe un sabor; describe quién manda y a dónde va el dinero.

Los datos del fabricante son precisos y vale la pena fiarse de ellos antes que de las fichas de tienda, que aquí discrepan: 9,5 % vol., 20 grados Plato, 38 EBU de amargor y 11 EBC de color, con seis variedades europeas de lúpulo en flor, alta fermentación, refermentación en botella y sin pasteurizar. Esos 9,5 grados la sitúan justo en el techo de la horquilla que el BJCP marca para el estilo.

Y aquí está lo notable: no los parece. En el vaso es de un dorado amarillento limpio, con una espuma densa y adherente. El aroma, en palabras de la propia abadía, es afrutado, de plátano maduro, con una nariz de lúpulo matizada; en la copa se reconocen también la pera y un fondo especiado de los que produce la levadura belga, con algo de pimienta blanca y clavo.

En boca entra suave y cremosa, con la fruta por delante equilibrando un amargor que está muy presente, y termina en un final seco que la casa describe como deliciosamente largo, y lo es. Ese final es la razón de que nueve grados y medio se beban con tanta facilidad: no queda dulzor residual, de modo que la copa no empalaga y el alcohol se esconde. Hay que tenerlo en cuenta, porque se esconde de verdad.

No la sirvas muy fría. El frío excesivo cierra justo lo que la hace interesante, que es el aroma: saca la botella de la nevera un rato antes y deja que se abra en la copa.